Nos quedamos parados, quietos, inmóviles. Simplemente sin hacer nada. Viajamos a otro mundo, un lugar lejos de la realidad, donde podemos pensar casi con claridad. Quizás cosas tan simples como contemplar un cariñoso beso entre una pareja de enamorados, escuchar la conversación de una madre con su hija pequeña, un bache en el bus o un tropiezo en la calle nos hacen quedarnos pensativos, absortos en nuestro propio mundo interior.
¿Y qué pensamos? A mí me da por viajar en el tiempo, plantarme en una situación ya vivida. Observarme desde la distancia, contemplar cómo dudo, cómo tengo miedo...cómo arriesgo. Y entonces tuerzo el gesto, hago una mueca de ligero dolor. Sé la decisión que ese "yo" del pasado tomó, y sé perfectamente las consecuencias que ello trajo consigo. No soy de las que desearían no haber vivido los momentos malos. Creo que esos momentos son los que hacen que crezcas, que aprendas, que seas más sabia y precavida...pero da igual, es como cuando ves un video repetidas veces de una caída en bicicleta, por ejemplo. Sabes que el chico no se hizo demasiado daño, pero sigues torciendo el gesto y murmurando un "ay..." antes de su golpe.
También me paro en ese momento, en ese lugar y en ese tiempo y me pregunto qué estaría haciendo ahora mismo, en este instante, si hubiera decidido otra cosa. Esa es otra de las razones por las que no me suelo arrepentir de lo hecho y de lo decidido. Una vez elegido el camino, solo te queda seguir adelante, hasta llegar a otra bifurcación, a otra decisión, a otra posible nueva ruta en tu vida.
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